Ice Cream Man, la nueva película de terror de Eli Roth, se ha convertido en el foco de la polémica más comentada del género este mes: el uso de inteligencia artificial generativa en su producción.
La inteligencia artificial generativa se ha consolidado como el debate más inflamable del cine contemporáneo, y el género de terror acaba de protagonizar su capítulo más sonado. El centro de este seísmo creativo tiene nombre propio: Eli Roth, una de las figuras más reconocibles del terror de las últimas décadas y responsable de títulos de culto e impacto como Cabin Fever, la sangrienta saga Hostel o la reciente Thanksgiving.

El cineasta llegó a las carteleras con su proyecto más personal y ambicioso hasta la fecha: Ice Cream Man (titulada en español El heladero: Dulce sabor a muerte), una producción donde Roth no solo ejerce de director, sino también de guionista, productor y actor protagonista. Sin embargo, tras su estreno comercial en los cines de México el pasado 3 de septiembre de 2026, la conversación que rodea a la cinta ha trascendido la pantalla grande para centrarse en un conflicto de ética visual, autoría y transparencia.
De la negación a la rectificación: la cronología del conflicto de Ice Cream Man
Para comprender las dimensiones del caso, conviene revisar cómo se desencadenaron los hechos. Tras los primeros pases, varios espectadores y analistas comenzaron a señalar evidentes patrones de procesamiento algorítmico en una secuencia animada clave dentro del metraje. Frente a los primeros cuestionamientos públicos, Eli Roth negó tajantemente cualquier implicación de modelos de inteligencia artificial, asegurando que para la creación de dicha escena se habían seguido técnicas de animación tradicionales.

No obstante, la versión inicial se sostuvo poco tiempo. Ante el escrutinio de la comunidad y de profesionales de la industria, el propio Roth se vio obligado a rectificar públicamente. El cineasta admitió que sí se había recurrido a herramientas de IA generativa durante una pequeña parte del proceso creativo, específicamente en el desarrollo de la citada secuencia animada. La labor corrió a cargo del estudio de efectos visuales Dark Half, una compañía que trabaja habitualmente integrando tecnologías de IA y que figura debidamente acreditada en los títulos de crédito de la producción.
La controversia no tardó en trasladarse de las redes sociales al circuito cinematográfico institucional. La repercusión fue inmediata y contundente: el prestigioso Festival Internacional de Cine de Horror Macabro (Macabro FICH) de México tomó la determinación de retirar Ice Cream Man de la programación oficial de su 25ª edición. La medida marcó un precedente de enorme peso, al ser uno de los primeros festivales especializados de gran trayectoria en desprogramar una producción de alto perfil debido al uso y manejo comunicativo de la IA.
A este complejo panorama se sumó un segundo frente de fricción en torno a la figura del director: diversas declaraciones públicas de Eli Roth sobre Israel suscitaron críticas adicionales durante esas mismas semanas, enrareciendo aún más el clima en torno al estreno de su largometraje.
¿Transparencia obligatoria o reacción desproporcionada con Ice Cream Man?
El caso de El heladero: Dulce sabor a muerte ha puesto el dedo en una llaga que divide a cinéfilos, técnicos y directores: ¿debe un realizador declarar de forma explícita el uso de IA generativa antes de proyectar su trabajo? ¿Es proporcionado castigar una obra completa por su aplicación puntual en una sola secuencia?
Por un lado, quienes defienden la severidad de la respuesta apuntan a la ruptura de la confianza. Para este sector, la gravedad del asunto no reside únicamente en la herramienta elegida, sino en haber intentado ocultarla mediante una negación inicial. El cine de terror ha sido históricamente un bastión para los artistas de efectos prácticos, animadores y artesanos visuales; normalizar el secretismo alrededor de la IA generativa abre una puerta peligrosa para la precarización laboral de estos colectivos. Desde este punto de vista, la expulsión del festival Macabro no es una censura gratuita, sino una postura legítima en defensa de la integridad artística y de la verdad hacia el espectador.
Por el otro lado, defensores de Roth y perfiles pragmáticos dentro de la industria consideran que la reacción ha rozado el linchamiento moral. La rectificación llegó pronto, la empresa responsable (Dark Half) estaba acreditada y el uso de la IA se limitó a una fracción muy reducida del metraje como apoyo experimental. Quienes apoyan esta perspectiva argumentan que la IA generativa es solo un nuevo recurso en la evolución de los efectos digitales, similar a las polémicas que hace décadas despertaron el CGI o el retoque digital. Desde este enfoque, vetar una película entera por probar nuevas herramientas técnicas en una secuencia animada supone un purismo excesivo que puede cohibir la experimentación técnica de futuros cineastas.
El futuro inmediato de la autoría en el cine de terror
Lo sucedido con Ice Cream Man deja una lección incuestionable para la industria: las reglas del juego están cambiando a marchas forzadas. El público y los festivales ya no evalúan las películas únicamente por su resultado final, sino también por la transparencia de sus métodos de producción. En un terreno donde la tecnología avanza más rápido que la legislación, la honestidad creativa parece ser el único camino para evitar que la innovación se transforme en escándalo.
No es la primera vez que el terror genera este tipo de debates encendidos: ya vimos algo parecido con la vuelta a la acción pura en el reboot de Resident Evil con Zach Cregger, o con el debate ético que sigue rodeando a clásicos polémicos como Irreversible de Gaspar Noé. El terror, por naturaleza, siempre ha sido el género que más rápido pone sobre la mesa los límites de lo aceptable.
🎬 Antes de Ice Cream Man: el terror clásico de Eli Roth

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